Un camino de santidad que transmite la fe

«Bodas de granito”

Una emoción y una gracia de Dios  es para mí estar hoy en este lugar  con vosotros.

La iglesia de nuestra Señora de Alençon, con su pórtico gótico flamígero, es una verdadera joya o, como vosotros decís, un verdadero encaje de Alençon hecho en  piedra. Me han dicho que “Si se quiere poner a Dios en el más bello lugar de  esta Iglesia, habría que ponerlo ¡en la puerta!”

Doy gracias por la delicada atención con la que he sido invitado,  este 12 de julio, a recordar con todos vosotros el 150 aniversario del matrimonio de los Venerable Siervos de Dios, Celia Guérin y Luis Martin. Matrimonio y  vida  realizados con gran maestría por el verdadero Arquitecto  de esta obra maestra. Los esposos Luis y Celia Martin son  piedras escogidas, piedras preciosas y vivas esculpidas por el Espíritu santo, como un  muy fino encaje de  Alençon, para la Iglesia de Dios y  para  gloria también de las diócesis de Sées y de Bayeux y Lisieux donde vivieron y murieron.

Bodas de oro en Cristo, incluso tres veces de oro, si se puede decir así  porque duran desde hace 150 años.  Me gusta  el término ”Bodas de granito” con el que vuestro obispo, Mons.  Boulanger,  las denominaba en la Pagina Web diocesana. Cuando se ven las casas del centro histórico de vuestra hermosa ciudad- que he tenido el gusto de contemplar- encuentro completamente adecuada la imagen del granito para caracterizar la solidez y la sencillez del amor y la fe de los Esposos Martin.

Permitidme recordar unas palabras  de un contemporáneo de su hija Teresita, Paul Claudel (1868-1955) que escribió  en el prólogo de su libro ”El anuncio hecho a María”: “No le corresponde a la piedra escoger el lugar, sino que  es  el Maestro de la obra  quien lo escoge”…La santidad no es ir a hacerse lapidar entre los turcos o besar a un leproso en la boca, sino cumplir los mandamiento de Dios prontamente ,  permanecer en nuestro lugar o subir más alto.”

Los Martin fueron  santos escogidos por Dios para ser  de esos santos comprometidos en la construcción de la Iglesia. En esto, precisamente,  radica la santidad: en apresurarse a cumplir la voluntad de Dios donde Él nos ha colocado, en “permanecer en nuestro lugar  o subir más alto.”

Dios es el “Tres veces santo”. Dios es el Padre verdaderamente santo, fuente de toda santidad “que “santifica”los dones y los fieles “por la efusión del Espíritu   Santo.” (1) La santidad, toda santidad, es sólo un reflejo  de su gloria. La iglesia, al elevar a alguien al honor de los altares, primero quiere cantar y proclamar la gloria  y la misericordia de Dios  y, al mismo tiempo, tiempo, a través de su testimonio, ofrecer a los creyentes un ejemplo a imitar y, por su intercesión, una ayuda a la que recurrir.

Precisamente, este 12 de julio de 1858, a las 22h, los venerables Siervos de Dios, Luis Martin y Celia Guérin,  contrajeron matrimonio civil y, dos horas más tarde, a media noche, acogidos por el señor abate Hurel, un sacerdote amigo, franquearon el umbral de esta Iglesia parroquial para celebrar sus bodas en Cristo, en la más estricta intimidad, rodeados de algunos amigos y parientes próximos. La noche de sus bodas recuerda la noche de Navidad y la de Pascua, la noche que “entre todas las noches” conoció el momento y la hora del  acontecimiento que transformó la historia de la Humanidad. Así comenzó su “Cantar de los Cantares”

Un matrimonio apostólico

 Teresita, ya carmelita, invitaba a su hermana Celina a cantar un canto de acción de gracias a Jesús con motivo de su toma de hábito:

”Alza tus ojos a la Patria Santa
y allí verás en tronos honoríficos
a los autores de tu inmensa dicha,
¡ a tu padre y tu madre tan queridos!… (PN 16,5)

Los Venerables Siervos de Dios, Luis y Celia, que el Papa tendrá la alegría de elevar a los altares, fueron ante todo un matrimonio unido en Cristo, que vivió su misión de transmitir la fe con pasión y con un raro sentido del deber.  Vivieron en un momento particular de la historia del siglo XIX, siglo muy diferente al nuestro y, sin embargo, testimoniaron y se comprometieron completamente y   forma natural, incluso diría que de forma psicológica, en lo que nosotros llamamos hoy la evangelización.

No podemos definirlos como “un matrimonio apostólico” como fueron “Priscila y Aquila: los esposos Luis Y Celia se comprometieron como familia cristiana laica en el apostolado de la evangelización y lo hicieron de una manera seria y convencida durante toda su vida, tanto en el seno de su familia como fuera de ella.

El “don  de sí” fue muy notable en la vida de estos incomparables padres”(2)  según palabras de santa Teresita del Niño Jesús de la santa Faz. Pero la santidad de su vida, como su reputación de santidad, no se limita sólo a su periodo conyugal, existía  antes. La vida de los dos se desarrolló en la búsqueda de Dios, en la oración  animada por el profundo deseo de cumplir, sobre todo, su voluntad. Primero se orientaron a la vida religiosa y fueron ayudados para saber qué quería Dios de ellos.

Uno no termina  de edificarse  con los relatos de los numerosos actos de caridad llevados a cabo en vuestras calles por los esposos Martin. Varios alençonenses, miembros de la familia Martin y  sus  amigos, fueron testigos directos de su “don de sí.” Así consta  en sus deposiciones en los distintos Procesos informativos, primero en la causa de Teresita y más tarde en la de sus padres, procesos que tienen como meta verificar los criterios de la santa Madre Iglesia. En los testimonios recogidos en la causa de Teresita, numerosas personas hablaron de sus padres y de sus cualidades eminentemente cristianas.

Basta con leer “Historia de un alma” y pasearse por vuestra ciudad para descubrir los lugares donde Luis y Celia  crecieron, recibieron su formación humana y cristiana y trabajaron: calle San Blas donde Celia trabajó como encajera (‘y ¡qué encajera!), calle del Puente Nuevo para Luis como relojero-joyero. En estos trabajos y en estos lugares profundizaron en su fe y pensamiento de entregarse al Señor. Pero Dios tenía otros proyectos sobre ellos y un día, en el puente de San Leonardo, se cruzaron, se conocieron y se amaron. Después se casaron y se convirtieron en padres. Precisamente aquí, en esta Iglesia fue bautizada, renaciendo para Cristo, su última hija. La pila bautismal- que representa el seno de la Iglesia, madre y educadora de santos, seno único que nos hace a todos hijos  del único Padre, matriz única de santidad- sigue siendo la misma que en aquel tiempo.

Fueron proverbiales  la apertura y la capacidad de acogida de la familia Martin. No sólo su casa estaba abierta para acoger a quien llamara a su puerta, sino que  el corazón   de estos esposos era acogedor, generoso y dispuesto siempre al “don de sí.” Contrariamente al espíritu burgués de su tiempo y de su entorno que escondía  detrás de  un cierto decoro la religión del dinero y el menosprecio a los pobres, Luis y Celia, con sus cinco hijas, dedicaron una gran parte de su tiempo y de su dinero  a ayudar a los que lo necesitaban

En el proceso de sus padres, Celina Martin- en el Carmelo Sor Genoveva- dio fe del amor de su padre y de su madre a los pobres:”Si en casa reinaba la economía, cuando se trataba de los pobres todo era prodigalidad. Se iba por delante de ellos, se les buscaba, se les obligaba a entrar en nuestra casa donde  se les daba lo que necesitaban y se les exhortaba a practicar el bien.

Aún recuerdo esto  como si fuese ayer: Paseando un día por el campo  nos encontramos en el camino con un pobre anciano que parecía muy infeliz. Mi madre  le dio la limosna a Teresita para que ella se la entregase. El pobre anciano pareció tan agradecido que mamá   empezó a hablar con él y  le dijo que viniera con nosotros a  casa. Una vez allí, le preparó una buena cena- tenía mucha hambre- le dio ropa y un par de zapatos…Además le dijo que volviera cuando necesitara algo.”(3)

Y, a propósito de su padre, añadió:”Mi padre se ocupaba de encontrarles  un empleo que se acomodase a sus circunstancias,  de  llevarlos al hospital cuando lo necesitaban o  de procurarles una situación honorable. Así fue como ayudó a un hogar de la nobleza en apuros.[…] En Lisieux,  todos los lunes por la mañana venían los pobres  a los Buissonnets a pedir limosna, limosna que recibían siempre, bien en víveres, bien en dinero. A menudo era Teresita la que les daba las limosnas. Otro día, mi padre encontró en la Iglesia a un anciano que parecía muy pobre y lo condujo a casa donde se le dio de comer y todo lo que necesitaba. Cuando se marchaba, mi padre le pidió que nos bendijera a Teresita y a mí. Ya  no éramos tan pequeñas, pero nos arrodillamos delante de él y nos bendijo.”(4)

¡Lo que acabo de decir son cosas extraordinarias que pasaron aquí mismo! No estamos ante una simple bondad, sino ante el amor por el pobre vivido de forma heroica, según el espíritu del Evangelio de san Mateo (5). En este matrimonio ejemplar resplandece algo de  la santidad que siempre encontramos a lo largo de la historia de la Iglesia.

Reputación de santidad

 Todos los Papas que  se han ocupado de Teresita (san Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII,  el beato  Juan XXIII, el Siervo de Dios Pablo VI,  Juan Pablo I- del que hablaré luego-  y  el  gran Juan Pablo II, ) todos han  puesto de relieve la ejemplaridad de la santidad de los padres Martin, subrayando  el lazo de unión entre  su santidad y  la de su hija.

La santidad de estos esposos no se debe a la santidad de su hija, no; su santidad es una verdadera santidad personal, querida y perseguida a través de un camino de obediencia a la voluntad de Dios, que quiere que todos sus hijos sean santos como Él mismo es Santo. Se puede decir que Teresita es la primera “Postuladora” de la santidad de sus padres, santidad, en el sentido más verdadero del término, no  una simple manera de hablar. Teresita habla de su padre empleando varias veces palabras como “santo,”  ”servidor de Dios”, “justo”. Admiraba en sus padres no sólo sus capacidades  o su fineza humana o su coraje en el trabajo, admiraba también su fe, su esperanza, su caridad,  su práctica heroica de las virtudes teologales. Se fijó en  todos estos elementos que son objeto de  examen en los procesos canónicos. Si pudiese, la recomendaría como postuladora.

La Iglesia  tiene una gran deuda con Luis y Celia ya que  fueron  los verdaderos maestros y modelos de santidad de  su hija Teresita, como lo afirma Balthasar en su obra “Hermana en el Espíritu” (6) donde dice: “Teresita vive  en el plano espiritual lo que, de alguna manera, vivía en el natural. Quizá no tenga nada más íntimo ni más irresistible que el amor de su padre y de su madre. Su imagen de Dios fue determinada por el amor de hija a sus padres. A Luis y a Celia Martin  les debemos la doctrina de “El caminito”, la doctrina de “La infancia,” porque ellos dieron vida en Teresita del Niño Jesús a ese Dios que es más que  padre y  madre.”(7)

Esta observación de Balthasar es de una importancia capital. Afirma de forma muy clara que la doctrina de “El caminito” que ha hecho de Teresita una Doctora de la  Iglesia en la Ciencia del amor de Dios,  se la debemos a la santidad y ejemplaridad de la vida de Luis y Celia.  Al  prepararse la Iglesia  hoy para beatificar a este matrimonio,  nos muestra que la santidad es posible, que está al alcance de todos, sea cual sea  el estado de vida que hayamos escogido y que puede ser  una gran santidad.

¿No debería ser la santidad una realidad en cada hogar? ¿No está llamada la familia a transmitir a sus hijos el misterio de “Dios  que es más  que padre y madre?” ¿No es la familia  una escuela de verdadera humanidad y un sitio donde se ejercita la santidad? La familia es un lugar privilegiado para forjar el carácter y la conciencia. He aquí el deber de los matrimonios, de la familia cristiana.

Bien mirado, la santidad de estos esposos sobrepasa los límites de vuestras diócesis. Podríamos decir que hoy  está presente en todo el orbe católico como se desprende de la detallada y abundante documentación  que no cesa de aumentar desde hace 80 años.

Ciertamente le debemos a Teresita este prodigio. Si es verdad que “Historia de un alma,” cuya primera edición data de 1898,  es, después de la Biblia, el libro que se ha traducido en más lenguas, se comprende muy bien la inmensa resonancia que han tenido en todo el mundo los padres Martin. Sin duda no es exagerado decir  que  después de la reputación de la Sagrada Familia de Nazareth,  la de la familia Martin “está en el segundo lugar.”

El siervo de Dios Juan Pablo I, siendo  Patriarca de Venecia, (1969-1978) escribió en un libro muy conocido:”Ilustrissimi”(8): “Cuando supe que se ha había introducido la causa de  beatificación de  los padres de Santa Teresita del Niño Jesús pensé: ¡Por fin una causa para dos! San Luis es santo sin su esposa Margarita, Mónica sin su marido; Celia Guérin, al contrario, será santa con Luis Martin, su esposo y ¡con  su hija Teresita! En 1925, el Cardenal Antonio Vico, enviado por el Papa Pío XI a Lisieux como Delegado para presidir las fiestas solemnes en honor de santa Teresita del Niño Jesús, canonizada hacía poco, le dijo a M. Inés de Jesús (Paulina) segunda hija de los Martin: “Ahora hay que ocuparse del papá.  En Roma me han encargado que le diga esto.”(9). Si el asunto no comenzó enseguida, se debió a la perplejidad evidente de M. Inés de Jesús.

“Padres incomparables”

 Todos los que han acercado, incluso de forma muy rápida a “Historia de un alma,” han podido observar  la personalidad humana y espiritual de estos padres que construyeron con sabiduría una atmósfera familiar en la que creció Teresita, que no pudo más que amar a sus “padres incomparables.”

La rica correspondencia de Celia es un vivo testimonio de cómo la señora Martin se ocupó de  la formación humana, cristiana y espiritual de los miembros de su familia; primero de la de su hermano Isidoro antes y después de su matrimonio, de la de su cuñada, Celina Fournet, y la de sus propias hijas. No existe niguna carta en la que no manifieste la presencia de Dios, una presencia no formal,  de conveniencia o de circunstancias, sino una presencia constante en todos los aspectos de la vida. Una correspondencia que testimonia una atención exquisita por el bien de toda persona y por su crecimiento global. Crecimiento que es pleno y válido en la medida en  que no se excluye a Dios de su horizonte.

Luis, su marido,  menos locuaz  y   al que no  le gustaba escribir, jamás rehusó testimoniar abiertamente su fe  ni tuvo miedo a que se burlasen de él. En los encuentros con su mujer, en casa con sus cinco hijas, en la gestión de la joyería- relojería o con sus amigos, en la calle, en los viajes y en  cualquier circunstancia: “Dios era lo primero.”

La familia Martin fue una familia misionera  desde el primer momento en  que comenzó  en Francia la Obra de la Propagación de la Fe  de Pauline Jaricot, (1799-1862) que inició  los movimientos misioneros del siglo XIX.

Saben que los padres Martin inscribieron  a todas sus hijas en la “Obra misionera de la Santa Infancia (aún se conserva la estampa-recuerdo de la inscripción de Teresita, el 12 de enero de 1892) y que dieron ofrendas generosas para la construcción de nuevas iglesias en tierras de misión. Para Teresita, el hecho de participar tan joven en las actividades de la Obra de la Santa Infancia, no hizo más que despertar el desarrollo de su celo misionero. Luis y Celia fueron santos que engendraron una santa,  fueron esposos misioneros que, no sólo participaron del impulso misionero de su tiempo, sino que educaron para la Iglesia a la Patrona universal de las Misiones (1927)

Luis y Celia no son santos por el método o los medios escogidos para participar en la evangelización,  (que son evidentemente los de la Iglesia y los de la sociedad de su tiempo), sino que son santos por el testimonio de la seriedad de su fe vivida en su familia, por evangelizar  a sus hijos  con el ejemplo de su vida matrimonial, por su palabra y por sus enseñanzas en el seno de la familia.

A este respecto, basta con recordar lo que la misma Teresita escribió en “Historia de un alma”  a propósito de  la fascinación que ejercían sobre ella su padre y su madre: ”Todos los detalles de la enfermedad de nuestra querida madre siguen todavía vivos en mi corazón. Me acuerdo, sobre todo, de las últimas semanas que pasó en la tierra. Celina y yo vivíamos  como dos pequeñas desterradas. Todas las mañanas venía a buscarnos la señora Leriche y pasábamos el día en su casa. Un día en el que no habíamos tenido tiempo de rezar nuestras oraciones antes de salir, Celina me dijo muy bajito por el camino: ¿Tenemos que decirle que no hemos rezado?…”Sí,”-le contesté-. Entonces ella se lo dijo tímidamente  a la señora Leriche que nos respondió: “Muy bien, hijitas, ahora las rezaréis.”Y dejándonos solas en una habitación  muy grande  se fue…Entonces, Celina me miró y dijimos: “¡Ay, no es como mamá…! ¡Ella nos hacía rezar todos los días!…”(10)

Su padre.”Rey de Francia y de Navarra” (11) como a ella le gustaba llamarlo, ejerció una bella fascinación espiritual sobre ella. Su figura de hombre inspiraba veneración y respeto:

“¿Qué  decir de las veladas de invierno, sobre todo de las de los domingos? ¡Cómo me gustaba sentarme con Celina, después de la partida de damas, en el regazo de papá…! Con su hermosa voz, cantaba canciones  que llenaban el alma de pensamientos profundos…, o bien, meciéndonos dulcemente, recitaba poesías impregnadas de verdades eternas. Luego subíamos para rezar las oraciones en común y la reinecita se ponía solita junto a su rey y no tenía más que mirarlo para saber cómo rezan los santos…”(12)

Iniciación cristiana en familia

Podemos definir el manuscrito A como el  ”Manuscrito de la iniciación cristiana familiar de Teresita.”Una iniciación llevada a cabo con la misma seriedad que el aprendizaje escolar. En casa de los Martin, la fe  fue una fe vivida y no una serie de normas que había que respetar. Teresita, siempre en el Manuscrito A, (1895) da las gracias, no solamente a sus padres ya fallecidos (la mamá en 1877 y el papá en 1894) sino también  a sus hermanas mayores  por la  preparación que le dieron  para recibir  los Sacramentos de la iniciación cristiana.

Quiero subrayar aquí el valor particular no sólo de los padres, sino también de  las hermanas mayores y de toda la familia. Los padres, educados ellos mismos en la enseñanza de la Iglesia, transmitieron,  a su vez,  la enseñanza recibida a sus hijos. Y lo hicieron tan bien que merecieron que la más ilustre de sus hijas, después de haber sido formada por  esos  “ padres incomparables ” sea hoy santa Teresita del Niño Jesús de la Santa Faz, que  enseña a toda la Iglesia y a toda la humanidad, como doctora. (1997) Ab ipsis docta docet.  Ahora enseña  la que fue enseñada por ellos .

Este es el desafío que la Iglesia lanza hoy a todas las familias cristianas con la beatificación delos esposos Luis y Celia Martin.

Ellos no fueron sólo simples vehículos que transmitieron la fe como un acueducto transporta el agua, sino que fueron  el “depositum fidei,” el depósito de la fe que transmitieron y enriquecieron con su propia experiencia personal de fe, de esperanza y de caridad. No transmitieron la fe como  algo tradicional, fragmentario y nocional, sino como algo vivo. No transmitieron la  fe como si fuese algo que se hereda, como lo que dejan los muertos, porque, en este caso, la herencia viene por la muerte, no por el bautismo. Injertaron a  sus hijos en la corriente viva y vital de la Iglesia, sin sustituir a la Iglesia sino con la Iglesia y en la Iglesia. Colaboraron con la Iglesia en perfecta armonía.

Es preciso observar que la santidad de este matrimonio  está de acuerdo con la doctrina del Vaticano II y con otros Documentos de la Iglesia- pienso, sobre todo, en la Constitución pastoral Gaudium  et  Spes, en el capítulo sobre la santidad:  santidad en el matrimonio y en la familia (13). “Gracias precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo y la oración en familia, los hijos e incluso los que viven en el círculo familiar, encontrarán  más fácilmente  el camino  del sentido humano, de la salvación y de la santidad.”

¿Cómo no ver la cercanía de la familia Martin con este texto?

Todo esto nos puede sorprender cuando pensamos que su tiempo dista mucho del nuestro. Hace 150 años, el 12 de julio de 1858  discurría   en   la Francia de Segundo Imperio. Nosotros, que  somos personas del Tercer Milenio, podemos experimentar cierta dificultad para imaginar su vida cotidiana sin electricidad, sin calefacción, sin radio ni televisión y sin ninguno de los modernos medios de comunicación que caracterizan nuestra vida moderna. Pero nosotros, aquí y hoy, nos estamos jugando la santidad no por la distancia que nos separa de su testimonio, sino  por la forma en que la vivieron. Su santidad dista de nosotros en la forma, no en la sustancia,  ni en el contenido,  ni en la doctrina. Los Martin guardaron el buen vino hasta el final. (Jn 2,10)

Incluso a la luz de los documentos de la Iglesia, este matrimonio puede ser propuesto como una familia comprometida con la evangelización de sus hijos. Se trataba, en su época,  de una evangelización sacada quizá  más del catecismo y de los preceptos. La  doctrina de la Iglesia era enseñada no sólo en la parroquia sino  que  también en la familia  se aprendían  de memoria las verdades de la fe. La Iglesia seguía el método de enseñanza corriente en aquella época donde la memoria jugaba un papel muy importante

Los esposos  Martin fueron un testimonio en su casa- con sus hijos y con quienes estaban cerca de ellos, sus  padres y sus sirvientas- del papel evangelizador, no solo como  matrimonio: toda la familia tenía una misión y una tarea que desarrollar.

Pablo VI escribió en su Encíclica “Evangelii nuntiandi”  (71) algo que vivió la familia Martin:”En el seno del apostolado evangelizador de los laicos, es imposible no subrayar la acción evangelizadora de la familia que ha merecido, en diferente momento de la historia, el bello nombre de “Iglesia doméstica” sancionado por el concilio Vaticano II. Esto significa que, en cada familia cristiana deberían encontrarse los diversos aspectos de la Iglesia. La familia, como la Iglesia, debe ser un espacio donde se transmita el Evangelio y de  donde  e irradie ese mismo Evangelio. En el seno de una familia consciente de esta misión, todos sus miembros evangelizan y son evangelizados. Los  padres no sólo comunican  a sus hijos el Evangelio, sino que también pueden recibir de ellos el Evangelio profundamente vivido. Una familia así se convierte en evangelizadora de muchas otras familias.” La casa de la calle Puente Nuevo, la de la calle san Blas y los Buissonnets fueron siempre, a pesar de las diferentes mudanzas “una pequeña Iglesia doméstica” donde los Martin una vez más vivieron  en armonía con nuestro tiempo.

La familia de Luis y Celia fue para sus cinco hijos-cuatro murieron cuando eran pequeños-el lugar privilegiado de la experiencia del amor y de la transmisión de la fe. En la casa, en la intimidad del calor familiar y de la vida doméstica, cada uno recibió y dio. En medio de las múltiples preocupaciones profesionales, los padres supieron enseñar a sus hijos las primeras enseñanzas de la fe desde su más tierna infancia. Ellos fueron los maestros que iniciaron a sus  hijos en la oración, en el amor y en el conocimiento de Dios, mostrándoles cómo había que rezar solos y  juntos,  acompañándolos a misa y a visitar al Santísimo Sacramento.  Les enseñaron  la oración no diciéndoles sólo que había que rezar, sino transformando sus casas en “una escuela de oración”. También les  enseñaron lo importante que era estar con Jesús y escuchar los Evangelios que nos hablan de Él. Además, la vida espiritual, cultivada desde la juventud, como fue el caso de Luis y Celia, se alimentó en la fuente de la vida parroquial. Eran fieles lectores del Año litúrgico de Dom Guéranger, libro muy apreciado también por Teresita, que precisamente lo conoció en su casa.

Queridos hermanos y hermanas, Luis y Celia nos revelan una verdad sencilla, incluso muy sencilla: La santidad cristiana no es algo destinado a un número pequeño de personas. Es la vocación normal de todos, de cada bautizado. Luis y Celia nos dicen sencillamente que la santidad concierne a la mujer, al marido, a los hijos, a las preocupaciones del trabajo e incluso a la sexualidad. El santo no es un superhombre, es un verdadero hombre.

El 4 de abril de 1957, Celina- en el Carmelo Sor Genoveva de la Santa Faz -al hablar en el Proceso sobre la heroicidad de las virtudes de su padre, habló de “la belleza de una vida conyugal vivida toda entera para Dios sin ningún egoísmo ni repliegue sobre sí mismo. Si el siervo de Dios deseaba tener muchos hijos, era para darlos a Dios sin ninguna reserva. Y todo esto en la sencillez de una existencia ordinaria, laboriosa, llena de pruebas, acogidas con abandono y confianza en la Divina Providencia.”

Termino con  las mismas palabras con las que concluye la declaración sobre las virtudes de Luis y Celia del 13 de octubre de 1987:” Tenemos delante de nosotros un matrimonio y una familia que vivieron y actuaron en plena consonancia con el Evangelio, preocupados solamente por vivir en cada instante de la jornada el plan preparado por Dios para ellos. Preguntándose y escuchando su voz, no hicieron otra cosa que perfeccionarse. Luis y Celia Martin no son protagonistas de gestos asombrosos o de una densidad apostólica particular, sino de vivir la vida cotidiana de todas las familias, iluminados siempre por lo divino y lo sobrenatural, Este es el aspecto central, de  trascendencia eclesial ofrecido a la imitación de  las familias de hoy. Teniendo como modelo a la familia Martin, podemos recibir el alimento, la fuerza y  la orientación para evitar el laicismo y la secularización moderna; podemos  salir victoriosos de muchas dificultades y  ver el  don del amor conyugal  y, con él, el de la paternidad o maternidad como  un don inconmensurable de Dios.

Notas:

  • Plegaria eucarística II
  • “Madre incomparable”(Manuscrito A, 4vº) y “Padre incomparable” (Carta 91)
  • Positio I, p. 420 & 603
  • Positio I &56, p. 41 Idem?
  • Mt 25 31-46, particularmente el versículo 40:”Me lo habéis hecho a Mí”
  • Hermanas en el Espíritu, Teresita de Lisieux e Isabel de Dijon.
  • In Sumarium Documentorum, XXVIII, Roma , 1987, p. 1042
  • Ilustrissimi es una obra publicada en enero de 1976 y   traducida al francés con el título “Humblement vôtre” (nouvelle Cité, Paris 1978.) Se trata de  una colección de “Cartas abiertas,” escritas por Monseñor Albino LUCIANI, Patriarca de Venecia, dos años antes de ser elegido Papa con el nombre de Juan Pablo I, dirigidas a personajes históricos y  mitológicos, a escritores, a literatos italianos y extranjeros y hasta a Santos de la Iglesia.
  • Summarium Documentorum,op.cit.,p. 1138
  • Manuscrito A, 12 rº
  • Manuscrito A, 19rº
  • Manuscrito A, 18rº
  • GS48, 2ª parte, capít. 1, nº 48 & 3.
  • Proceso, vol.II , sumario, página 22