Homilía de Mons. Luigi Ventura

Un verdadero privilegio es para mí estar con vosotros en Lisieux esta mañana y  quiero manifestar mi gratitud por el honor,  que me ha sido concedido,  de  presidir las celebraciones de las fiestas de los beatos padres de santa Teresita.

Quiero saludar de forma especial a Mons. Jean-Claude Boulanger, obispo de Bayeux y Lisieux  y a Mons. Jacques Habert, obispo de Séez que  son guardianes y promotores de la memoria de la familia Martin y de la santidad arraigada en esta familia por su ministerio. Como representante del Santo Padre, tengo el privilegio de asegurar a esta comunidad y a sus pastores la proximidad espiritual del papa Benedicto XVI, que envía de todo corazón su Bendición apostólica.

Estoy muy feliz  por poder unirme a la peregrinación  y así recorrer los lugares asociados a la familia de Teresita, amiga y guía que me acompaña desde mi juventud con su mensaje tan sencillo, tan profundo y tan hermoso.

La liturgia nos invita a meditar  la parábola tan bella  del sembrador del Evangelio de hoy. Esta parábola es una a verdadera  llamada   a la conversión en boca de Cristo. Es cierto que en nuestra vida  todo está muy entremezclado. Todos somos, a la vez o cada uno por separado, dóciles y rebeldes, receptivos o refractarios, acogedores del Espíritu o encerrados en nosotros mismos. La cizaña y el trigo se mezclan en nuestros campos (Mt 13, 24-30) y  el campo de nuestras vidas puede parecerse, a veces, más a  un campo de batalla que a   un hermoso jardín.

El Evangelio nos propone una pregunta y nos invita a  responderla:”¿Qué tierra somos para recibir la palabra del Señor que   tan generosamente es sembrada entre nosotros? La buena tierra aparece siempre con  el humus de la humildad. La palabra de Dios, que es todopoderosa – no lo olvidemos- tiene que ser para nosotros verdaderamente vivificante y actuante.

Sí, Jesús nos invita a vivir en la certidumbre de que, al final, la cosecha será magnífica, cuando a los ojos humanos todo son obstáculos en nuestra vida, y cuando todo el trabajo apostólico que hacemos parece perdido, ¡Qué llegue  dicha cosecha y  que purifique nuestra tierra baldía!

El hecho de  darse hasta el límite y el generoso compartir la palabra divina se reflejan  en la Iglesia en las vidas de los santos como  experiencias tangibles y expresiones humanas de la palabra de Dios  en nuestra comunidad.

Dolores de  parto

Quisiera reflexionar también  sobre la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos (Rm 8, 18-23) Toda la creación- nos dice san Pablo,- es llamada , después de una dolorosa y misteriosa transformación a “conocer la libertad gloriosa de los hijos de Dios.”

El texto de la carta a los Romanos nos plantea algunas cuestiones fundamentales: ¿Qué  me hace sufrir? ¿Qué espero de la gloria que Dios va a revelar en nosotros? ¿A qué aspiro con todas mis fuerzas? ¿De qué espero ser liberado? ¿Qué nueva persona quiere Dios  que nazca en mí?

A los matrimonios, a los padres y a los abuelos: como matrimonio, ¿a qué aspiramos con todas nuestras fuerzas? ¿Qué deseamos a nuestros hijos y nietos? ¿Qué nuevo parto los hará ser ellos mismos?

A  los que trabajan (profesionalmente o en la casa): ¿Qué orden de productividad y fecundidad llevo en mi trabajo?¿Qué es lo que más me cuesta con mis compañeros de trabajo?¿ Y en el mío?

La familia Martin: modelo de santidad en lo cotidiano

Dirijamos ahora nuestra mirada   a  la  familia de  Celia y Luis  Martin para  descubrir algunas respuestas a estas cuestiones fundamentales y algunas reflexiones para nuestras vidas. La santidad del Pueblo de Dios sólo pertenece a Dios que muestra,  en el tiempo que juzga conveniente,  los  testigos de su amor que necesitan el mundo y la Iglesia.

En la carta apostólica “Novo millennio ineunte”(Al inicio del nuevo milenio), el papa Juan Pablo II escribió: “Doy gracias a Dios que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y entre ellos  a muchos laicos,  que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida.

Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas  debe ir en esta dirección.” (nº 33)

Luis y Celia se amaron profundamente  como matrimonio y supieron expresarse este amor: “Tenemos los mismos sentimientos.”Celia  hablando de Luis: “Eres siempre mi consuelo y mi apoyo.” 19 años vivieron como matrimonio. ¡Hermoso y  ejemplar  cuadro de vida conyugal!

A pesar de los sufrimientos, los padres Martin no se replegaron en ellos mismos. Su casa  fue siempre acogedora y estuvo abierta a todos. No se encuentra en esta familia ninguna señal  de celos o de rivalidad. Si los padres  no llegaron a comprender bien a su hija Leonia, la amaron con todo su corazón y rezaron siempre por ella. También rezaron por sus  vocaciones  y en su  corazón de padre y de madre consagraron sus hijos a Dios. Las familias de nuestra época, por muy diversas que sean, pueden encontrar en los padres Martin un ejemplo y un apoyo.

Los Martin nos manifiestan un autentico amor conyugal y la armonía de su matrimonio. Celia escribía sobre su marido:”Sigo siendo muy feliz con él. Me hace la vida muy  amable. Mi  marido es un santo, les deseo a todas las mujeres uno como él.”(CF 1-1-1863). “No veo la hora de estar a tu lado, querido  Luis. Te amo con todo mi corazón y siento que se redobla mi cariño al faltarme tu presencia. No podría vivir alejada de ti.” (CF 31-8-1873)

Testimoniaron  la alegría de ser padres a pesar de los sacrificios.”Me gustan los niños con locura-escribió Celia (CF 15-12-1872).”No vivíamos  más que para ellos, constituían  nuestra mayor alegría, (…) quería  tener muchos para educarlos  para el Cielo.”(CF 4-3-1877)

Son un modelo de compromiso educativo actuando siempre de común acuerdo  los dos, con ternura y firmeza y  sobre todo con el ejemplo de su vida  de todos los días: Misa cotidiana, oración en casa, apoyo en el trabajo, clima de alegría, valor en las pruebas, solidaridad con los pobres, apostolado.

Los Martin son una prueba de responsabilidad profesional y social.  Celia dirigió una empresa de fabricación de encaje, Luis tuvo una relojería – joyería  y también  ayudó a su esposa. Los dos se  comprometieron profundamente, y con inteligencia  en el trabajo, armonizando las exigencias profesionales con las familiares, respetando escrupulosamente los derechos de las obreras y de los proveedores, observando el reposo dominical.

Luis y Celia son también una luz para los que afrontan la enfermedad y la muerte. Celia murió de cáncer, Luis  terminó su existencia padeciendo una arterioesclerosis cerebral. En nuestro mundo que trata de  ocultar la muerte,  nos enseñan a mirarla de frente, abandonándonos en Dios

Luis y Celia son un don para los que han perdido a un cónyuge. La viudedad es siempre una condición difícil de aceptar. Luis vivió la pérdida de su mujer con fe y generosidad, anteponiendo el bien de sus hijas a sus deseos personales.

Proyecto de vida de Luis y Celia Martin

La santidad fue parte de su proyecto de vida.  Celia Martin escribió  un día a sus hijas María y Paulina:”Quiero ser santa pero no será fácil;  hay mucho que desbastar y el tronco es duro como una piedra. Hubiera  sido mucho mejor hacerlo mucho antes, cuando era menos difícil pero bueno, ”más vale tarde que nunca.” Luis y Celia comprendieron que la santidad no es  otra cosa que tomarse la vida en serio, la experiencia creyente  que  se deja desplegar en toda  su existencia.

El secreto de su vida cristiana  se encierra en  estas cuatro  palabras: Dios  es lo primero

Los Martin son para nosotros hoy en día una llamada: ¿la búsqueda y el descubrimiento del amor del Señor son verdaderamente la brújula de nuestra vida? El amor conyugal de Luis y Celia fue un puro reflejo del amor de Cristo a su Iglesia y también un puro reflejo del amor con el que la Iglesia ama a su Esposo: Cristo. El  Padre nos escogió antes de la fundación del mundo para que vivamos ante él santamente y sin defecto alguno, en el amor (Cf Ef 1,4).

El mal no es erradicado   más que por la santidad, no por el rigor. La santidad introduce en la sociedad una semilla  que cura y transforma.

Me permito citar unas palabras pronunciadas por el Santo Padre, Benedicto XVI, en su reciente discurso a los participantes en el encuentro organizado por el Instituto Pontificio Juan Pablo II para   el estudio del matrimonio y la familia (Sala Clementina, viernes 13 de mayo de 2011):

“La familia es el lugar donde se une la teología del cuerpo y la teología del amor. Aquí se aprende la bondad del cuerpo, su testimonio de un origen bueno, en la experiencia del amor que recibimos de nuestros padres. Aquí se vive el don de sí en una sola carne, en la unidad conyugal que une a los esposos.  Aquí se experimenta la fecundidad del amor y la vida se entrelaza a la de otras generaciones.

El hombre descubre su carácter relacional en la familia, no como individuo autónomo que se autorrealiza, sino como hijo, esposo y padre, cuya identidad se funda en la  llamada al amor: a recibirse de otros y a darse a los demás.”

Teresita: fruto del amor de Luis y Celia

Se puede decir que la espiritualidad de Santa Teresita está enraizada en la de sus padres. Desde pequeñita aprendió a enviar besitos a Jesús, a alabar a Dios, a ofrecer su corazón a Jesús. El acto de ofrenda como “el Caminito” fueron vividos por los padres Martin, que nos recuerdan que  fueron personas bautizadas comprometidas con la vida del mundo de su época y que manifestaron la santidad de Dios en toda  su vida.

Queridos hermanos y hermanas, esta inmensa Basílica de Lisieux  fue edificada en honor de una persona que siempre se consideró  muy pequeña. Su mensaje se nos propone como un camino muy seguro para los que quieran seguir a Jesús y vivir una hermosa comunión con él.

Algunos años después de su muerte, en 1897, ya era muy conocida en todo el mundo por su “Caminito” de sencillez que la llevaba a hacer cosas pequeñas y   a cumplir  los deberes de cada día por amor.  Teresita se ha convertido en modelo de piedad para innumerables personas sencillas en todo el mundo. Con la publicación de su manuscrito en 1956, se  reveló la imagen real de Teresita, no la imagen de una piedad sentimental a la que la hubiera podido llevar su tiempo, sino una imagen de un testimonio ardiente por la proclamación del Evangelio.”Dichosos los limpios de corazón porque verán a Dios.” (Mt 5,8)

La joven Teresita deseó unirse al grupo de Carmelitas que fundaría  un convento en Hanoi, Vietnam,  pero su deseo no se hizo realidad. Pero el plan de Dios se cumplió y fue  proclamada Patrona de las misiones por el Papa Pío XI. Además, fue declarada Doctora de la Iglesia por el Papa Juan Pablo II en 1997, uniéndola a otras dos mujeres, santa Teresa de Ávila y santa Catalina de Siena a las que Pablo VI había conferido este título en 1970, título que hasta entonces  sólo se había reconocido a los hombres. Convertida en la más joven doctora de la Iglesia, Teresita, con su vida y sus escritos, puso el acento en el amor y en la gracia de Dios.

Con ocasión de la proclamación de Teresita como Doctora de la Iglesia, el  Santo Padre, Juan Pablo II, dijo en la homilía: “No frecuentó  las universidades ni realizó estudios sistemáticos. Murió  muy joven y, a pesar de ello, desde hoy tendrá el honor de ser Doctora de la Iglesia, un notable reconocimiento  que la exalta en la estima de toda la comunidad cristiana más de lo que pudiera hacer un “título académico.”(…)  A una cultura racionalista y a menudo muy impregnada de materialismo práctico, ella  contrapone con sencillez desarmante  “el caminito” que, remitiendo a lo esencial, lleva al secreto de toda existencia: el amor divino que envuelve y penetra toda la aventura humana.”

Necesitamos  a esta Doctora llamada  Teresita. Su vida, muy corta y  vivida parte de ella  encerrada y escondida en  un Carmelo,  sigue siendo una fuente de inspiración y de  estímulo para las personas de nuestro tiempo. En el transcurso de mi anterior misión, me ha sorprendido mucho  ver a  muchedumbres  llenar las iglesias al paso de sus reliquias. Este fenómeno se repite  cuando el relicario que contiene sus reliquias llega a cualquier país del mundo. Es algo inexplicable que llama la atención incluso de los que no creen y que suscita en ellos muchas preguntas.

Sin embargo, hay una explicación para este hecho: el secreto de la santidad, es decir, la presencia del amor de Dios que se manifiesta y expresa en la vida de un alma sencilla.

Necesitamos a Teresita. En sus manos ponemos nuestras vidas con nuestras pequeñas flaquezas humanas y toda la ansiedad y los sufrimientos que podamos experimentar. Es doctora y la primera ocupación de una doctora es cuidar a  la persona enferma, sus deterioros   y  sus heridas. A Teresita le pedimos  que nos cure y que vivamos su “caminito” de amor y gracia.  Tenemos necesidad de que nos mire con su mirada benefactora y también necesitamos a sus santos padres, los beatos Luis y Celia Martin que nos dicen que la santidad es fecunda y  que en terreno fértil germinan  las nuevas flores de la santidad.

Desde mi  llegada a Francia, hace casi dos años,  estoy descubriendo la riqueza que encierran los  signos de su historia. Me conmueve cada vez más ver  lo que Francia debe a la Iglesia, gracias a los misioneros y a los santos de los primeros siglos y lo que la Iglesia debe a Francia, gracias a los numerosos y grandes santos de valor extraordinario y universal que  le ha dado: doctores, pastores, mártires de la caridad, misioneros, ascetas y pioneros en  numerosos caminos de vida cristiana y de santidad.

Queridos hermanos y hermanas, celebramos esta mañana la Eucaristía del Señor en este 15º domingo del año litúrgico. Contemplando la vida de esta extraordinaria  familia Martin, descubrimos  que el dinamismo de su entrega fue fruto de  la oración,  de la Eucaristía,  de una vida eclesial regular y de una atención muy realista a los demás. Por eso son testimonios de alegría, de la verdadera alegría, la de creer y vivir en Cristo.

Nosotros también estamos llamados  a salir de nosotros mismos, a mirar a los demás y a vivir una verdadera entrega. Luis y Celia Martin nos muestran el camino y su  hija Teresita nos enseña que dicho camino es sencillo y muy  hermoso.

¡Que el Señor haga germinar en nosotros y en todos los corazones   las semillas de la santidad,  de la rectitud de espíritu,  de la sabiduría y  de la virtud!

He aquí el secreto que puede transformar el mundo, nuestro mundo.