El encanto humano de la santidad cristiana

“Celina…eleva  los ojos a la Patria Celestial  y verás en sitio de  honor al Padre amado….a la Madre querida… ¡a  los que debes tu inmensa suerte!”

Muy queridos hermanos y hermanas:

He querido comenzar esta reflexión con las palabras de Teresita en las que describe  la atmósfera familiar en la que creció.

 

La familia del siglo XIX a nuestros días

Cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se puebla de ídolos.  En el siglo XIX – siglo en el que vivieron los Martin- y  desde los   inicios del  XX  ha habido, de forma progresiva,  un desinterés por  las competencias de la educación en el seno de la familia a favor del campo socio-económico. Charles Péguy, que nació cinco años antes que santa Teresita, lo subrayó de forma casi profética: “Un niño cristiano -escribió en una de sus obras- no es más que un niño al que han puesto bajo  sus ojos miles de veces la infancia de Jesús”. En la vida y en las palabras cotidianas  se encuentran aún reflexiones inconscientes del pueblo cristiano”que iba y cantaba” y que “hacía  sillas con el mismo espíritu con el que construía  catedrales.”Sin embargo, no se puede decir que el pequeño Charles entre en la descripción del niño cristiano amado por   el Peguy  adulto. Alrededor de él, en el medio familiar y escolar de su infancia, nadie vivió  así, con la mirada familiar y afectuosamente  dirigida hacia Jesús. Pero la familia Martin si vivió así.

Esta denegación de la paternidad ha continuado a lo largo del siglo XX de manera más compleja, esencialmente por la adhesión a los modelos de los grandes totalitarismos, los cuales  se propusieron sustituir a la familia confiando la educación al Estado totalitario, comunista o nacional-socialista. Esta abdicación, este eclipse  de la figura del padre se  sigue prolongando en la sociedad de consumo, donde el profesión y la imagen han ocupado su lugar en la educación de los hijos. La educación es una cuestión de testimonio.

Sin largos discursos, sin sermones, el señor Martin enseñó a Teresita el sentido último de la existencia. Luis y Celia fueron educadores porque no tenían el problema de educar.

 

La familia hoy: En la familia ha enfermado el amor.

A principios de este año, un diario italiano (Il Mattino di Napoli” del lunes 14 de enero de 2008) publicó un artículo de Claude Risé con este significativo Título: En la familia ha enfermado el amor. l

El amor ha enfermando donde cada ser humano  experimenta por primera vez ser amado y amar a  otros […] En la familia actual, los hijos, antes de   ser  el objeto del amor de sus padres, se encuentran en competencia  con muchas  otras cosas.

 

Una familia excepcional: testimonio de las hijas Martin

He aquí los testimonios de las hijas Martin:

“Mi vida ha estado siempre rodeada de amor. Dios quiso que  mis primeros recuerdos estén ¡llenos de las sonrisas y las más tiernas caricias!”(Ms A, 4 vº) He aquí el retrato más hermoso de los Siervos de Dios, Luis Martin y Celia Guérin, trazado por la más ilustre de sus hijas.  Santa Teresita del Niño Jesús de la Santa Faz, en las primeras páginas de “Historia de un alma”, describe las dulzuras de su vida familiar. Teresita, la Doctora más joven de la Iglesia, sintió que su familia  fue como la tierra de  un jardín, “ una tierra santa ”donde creció con sus hermanas bajo el cayado hábil y experto de sus incomparables padres.

 

“Dios- escribe al abate Bellière algunos días antes de su muerte-me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra.”Esta convicción profunda de las hijas Martin sobre la  santidad de sus padres, fue  compartida por todos los miembros de su familia y también por personas sencillas que hablaban de los Martin como de una pareja santa.

 

Catorce años después de la muerte de Celia, en una carta fechada en 1891, la tía Guérin escribió a Teresita, ya en el Carmelo: ¿Qué he hecho yo para que Dios me haya rodeado de corazones que tanto me quieren? Sólo responder a la última mirada de una madre a la que  quise  mucho. Comprendí aquella mirada que nada ni nadie podrá hacerme olvidar porque está grabada en el fondo de mi corazón. Desde aquel día, he tratado de reemplazar  a aquella que Dios os había arrebatado pero, ¡ay!, nadie puede reemplazar a una madre!…¡Ah! tus padres, Teresita  son de aquellos que se puede decir que  son santos y que merecen dar a luz  hijos santos”. La misma Leonia, que  fue motivo de tantas preocupaciones  para sus padres, repetía a sus hermanas de la Visitación de Caen:”Nobleza obliga. Pertenezco a una familia de santos: tengo que estar a su altura.”Los Martin no son santos por haber dado al mundo una santa, sino por haber aspirado a la santidad como matrimonio. Estaban animados por un deseo recíproco y los dos tenían la voluntad de buscar, en el estado de vida que habían abrazado, la voluntad de Dios y la obediencia a su mandamiento de “Sed santos porque Yo soy santo.”Luis y Celia Martin fueron el humus, la tierra fecunda en la que  Teresita nació  y vivió durante  quince años antes de llegar a ser “la Santa más grande de los tiempos modernos.”(Pío X)

 

 

 

Su secreto: una vida ordinaria “extraordinaria”

 

Luis y Celia  son un ejemplo luminoso de vida conyugal vivida en fidelidad, en la acogida   de la vida,  en la educación de sus hijos.  Su  noviazgo cristiano, vivido   en la confianza absoluta en Dios, puede ser propuesto a las familias de hoy. Su vida matrimonial fue ejemplar, llena de virtudes cristianas y de sabiduría humana. Ejemplar no significa que debamos calcar o fotocopiar su vida, reproduciendo todos sus gestos y acciones, sino  utilizar como ellos los medios sobrenaturales que la Iglesia ofrece a cada cristiano para realizar su vocación a la santidad. La Providencia quiso que su Beatificación fuese anunciada  en el marco de las celebraciones del 150º aniversario de su matrimonio, el 13 de Julio de 1858.

 

¿Por qué después de tanto tiempo?

La época en la que vivieron los Martin, ¿no está muy lejos de la nuestra?

¿Por qué son actuales los esposos Martin?

¿Pueden ayudar a nuestras familias a afrontar los retos actuales?

 

Estoy seguro de que se va a abrir un amplio debate sobre este matrimonio con motivo de su Beatificación: conferencias, charlas, mesas redondas, etc.  Se examinará   la actualidad de su experiencia en  nuestra historia tan compleja. Sin embargo, una cosa debe  quedar clara: la Iglesia no canoniza una época, canoniza la santidad. Con los Martin, la Iglesia propone a los  fieles la santidad y la perfección de la vida cristiana que este matrimonio alcanzó de forma ejemplar y, para utilizar unas palabras  del Proceso, hasta en  un grado heroico. La Iglesia no se interesa por lo excepcional, pero ha subrayado que, en lo cotidiano de su vida, fueron sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5, 13-14). El siervo de Dios, Juan Pablo II afirmó: Es necesario que lo heroico se convierta en cotidiano y que lo cotidiano sea heroico. La Iglesia ha señalado que Luis y Celia hicieron de su vida algo heroico y del heroísmo algo cotidiano. Esto es posible para cada cristiano cualquiera que sea el estado de su vida. Me complace citar un fragmento de la célebre Carta a Diogneto sobre el matrimonio cristiano, que los esposos Martin  encarnaron a la perfección:

 

“Los cristianos no se distinguen de los demás  hombres ni por el lugar  en que viven, ni por el lenguaje ni por sus costumbres. (…) Igual que todos se casan y tienen hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero con su modo de vivir superan esas leyes.”

 

Esta carta traza un modelo de vida posible, un camino que todo discípulo de Jesús está llamado a recorrer, incluso hoy: anunciar la belleza del matrimonio cristiano con sus experiencias auténticas, creíbles y atrayentes. Para realizar esto hace falta que los esposos y los padres maduren en el amor. Luis y Celia abrazaron la vida conyugal para seguir a Cristo. Esposos, cónyuges y padres en Cristo, donde el matrimonio es acogido como una llamada y una misión dadas por Dios. Con su vida, los esposos Martin anunciaron a todos la   buena nueva del amor ”en Cristo”: amor humilde, amor que no ahorra ningún esfuerzo para recomenzar cada mañana , amor capaz de confiar, de sacrificarse. Esta comunión de amor  emerge claramente en las cartas que los esposos Luis y Celia se intercambiaron.

 

En unas breves palabras, que son una síntesis del amor matrimonial, Luis escribió así: “Tu marido y amigo verdadero que te ama para la vida.” Palabras que encuentran un verdadero eco en las de Celia:.”Estoy en espíritu todo el día a tu lado y me digo: ahora está haciendo tal cosa””Mi querido Luis,  me cuesta que no estés a mi lado. Te amo con todo mi corazón y siento que mi cariño se duplica al estar privada de tu presencia. Me es imposible vivir lejos de ti.” “Un abrazo con todo el corazón. Hoy estoy tan   feliz al pensar que volveré a verte, que no puedo trabajar.

Tu mujer que te quiere más que a su vida”

 

 

¿Cuál es el secreto de esta comunión? Quizá el hecho de que, antes de mirarse recíprocamente a los ojos, miraban fijamente a los de Jesús. Vivían sacramentalmente la comunión recíproca a través de la Comunión que los dos cultivaban con Dios. Esto es el nuevo “Cantar de los Cantares, propio de los cónyuges cristianos que  no sólo deben cantar, sino que ellos solos pueden cantarlo. El amor cristiano es un “Cantar de los Cantares” que el matrimonio canta con Dios.

 

Vocación en familia

 

Las vocaciones son, ante todo, una invitación divina. Pero una educación cristiana favorece la respuesta generosa a la llamada de Dios. En el seno de la familia, los padres deben ser para sus hijos, con las palabras y con su ejemplo, los primeros anunciadores de la fe y  deben favorecer la vocación de cada uno y, de forma especial, la vocación consagrada (CCC, 1656). Así, si los padres  no viven los valores   evangélicos, los jóvenes difícilmente oirán la llamada y difícilmente también podrán comprender  la necesidad de los sacrificios que tengan que hacer para apreciar  la belleza de la meta que podrían  alcanzar. En efecto, en la familia es donde los jóvenes tienen su primera experiencia de los valores evangélicos, del amor que se da a Dios y a los demás. Hace  falta que los jóvenes  sean formados para ser responsable en su libertad, para estar preparados a vivir, según su  vocación, las realidades espirituales más elevadas. Juan Pablo II. Vida consagrada)

 

Los Martin acogieron a sus hijos como un gran don de Dios que tenían que devolver a Él. La mamá, con el corazón roto de dolor, ofreció a sus cuatro hijos muertos cuando eran pequeños. El papá ofreció a sus cinco hijas cuando entraron en el convento. No solamente sufrieron por sus hijos  los dolores físicos del parto,  sino también los dolores de engendrarlos en la fe  hasta que Cristo sea formado en ellos. (Gálatas 4, 19)

 

También fueron verdaderos ministros de la vida y padres santos que engendraron  hijos santos. Ellos los guiaron y educaron en la santidad. La familia Martin, como la familia de Nazaret, fue una escuela, un lugar de aprendizaje un lugar de entrenamiento en la virtud. Una familia que hoy  tiene que ser un punto de referencia  para cada familia cristiana