Por que te amo, ¡oh Maria !

Poesía 54

Cantar, Madre, quisiera : ¡por qué te amo , María !,
por qué tu dulce nombre de alegría estremece
mi corazón, por qué de tu suma grandeza
la idea no le inspira temores a mi mente.
Si yo te contemplase en tu sublime gloria
eclipsando el fulgor de todo el cielo junto,
No podría creer que yo soy hija tuya ;
bajaría los ojos sin mirar a los tuyos.

Para que un niño pueda a su madre querer,
debe ella compartir su llanto y sus dolores.
¡Madre mía querida, para atraerme a ti,
pasaste en esta vida amargos sinsabores… !
Contemplando tu vida según los Evangelios,
ya me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti ;
y me resulta fácil creer que soy tu hija,
pues te veo mi igual en sufrir y morir…

Cuando un ángel del cielo te ofrece ser la Madre
del Dios que vive y reina toda la eternidad,
me admira que prefieras, María, ¡qué misterio !,
el tesoro inefable de la virginidad.
Comprendo que tu alma, virgen Inmaculada,
le sea a Dios más cara que su eterna mansión,
comprendo que tu alma, humilde y dulce Valle,
contenga a mi Jesús, ¡Océano de amor… !

Cuánto te amo, María, cuando te dices sierva
del Dios a quien arrobas con tu dulce humildad.
Esta virtud oculta te torna omnipotente
y a tu corazón trae la Santa Trinidad.
Entonces el Espíritu te cubre con su sombra
y el Hijo igual al Padre, de Amor, en ti se encarna.
¡Muy grande será el número de hermanos pecadores,
porque tu Primogénito a Jesús se le llama… !

¡Oh, Madre muy amada, pese a mi pequeñez,
como tú yo poseo en mí al Omnipotente !
Mas no tiemblo de espanto al mirar mi flaqueza :
de la Madre el tesoro a la hija pertenece,
y yo soy tu hija, ¡oh mi Madre adorada !
tus virtudes, tu amor,¿no están entre mis bienes ?
Cuando a mi corazón desciende Jesús-Hostia,
¡cree posar en ti tu Cordero inocente… !

Tú me haces comprender que no es cosa imposible
caminar tras tus huellas, oh Reina de los santos ;
al practicar tú siempre las virtudes humildes,
el camino del cielo dejaste iluminado.
Quiero ante ti, María permanecer pequeña,
es pura vanidad lo grande de aquí abajo ;
al verte visitar a tu prima Isabel,
aprendo caridad ardiente en sumo grado.

Allí escucho extasiada el admirable cántico
que,¡Reina de los ángeles !, brota en tu corazón.
Me enseñas a cantar la divina alabanza
y a gloriarme en Jesús, mi fuerte Salvador.
Tus palabras de amor son las místicas rosas
que deben perfumar los siglos con su olor.
En ti el Omniportente ha hecho cosas grandes,
yo quiero meditarlas y bendecir a Dios.

Cuando el buen San José la maravilla ignora
que quieres ocultar en tu dulce humildad,
¡tú le dejas llorar al pie del tabernáculo
que vela del Señor la divina beldad… !
¡Cuánto estimo, María, tu elocuente silencio !
Para mí es un concierto melodioso sin par,
que me habla de la altura y de la omnipotencia
de un alma que su auxilio sólo espera de Dios…

Luego en Belén os veo,¡oh, María y José !,
rechazados de plano por todos sus vecinos.
Nadie quiere admitir en sus alojamientos
a pobres, sólo aceptan a nobles peregrinos…
Sólo para los grandes hay sitio ; en un establo
la Reina de los cielos engendraré a Dios-Niño.
¡Oh , mi Reina querida, te encuentro tan amable,
te encuentro tan sublime en ese pobre sitio… !

Cuando veo al Eterno envuelto en los pañales
y oigo el tierno vagido del Verbo entre las pajas,
oh, mi Madre querida, ya no envidio a los ángeles,
¡es su Dios poderoso el hermano de mi alma… !
Cuánto te amo ,María, porque en nuestras riberas
has hecho eclosionar a Dios , Flor humanada… !
¡Cuánto te amo , que escuchas a pastores y magos
y todas esas cosas en tu corazón guardas… !

Te amo porque te mezclas con las demás mujeres
que dirigen sus pasos al templo del Señor,
te amo cuando presentas al Niño que nos salva
poniéndolo en los brazos del viejo Simeón.
Al principio yo escucho, sonriendo, su cántico,
mas pronto sus acentos ahogan mi emoción ;
hundiendo en el futuro su mirada profética,
Simeón te predice la espada de dolor.

¡Oh, Reina de los mártires, hasta el fin de tu vida
la espada dolorosa traspasará tu pecho !
Habrás de abandonar el suelo de tu patria,
para evitar de un rey el furor traicionero.
En paz duerme Jesús, a quien tu mano abriga,
cuando José te avisa que habéis de partir luego.
Tu obediencia es puntual y enseguida se apresta
y partís sin demora y sin razonamientos.

En la tierra de Egipto me parece, ¡oh María !,
Que, alegre, en la pobreza, vive tu corazón.
¿O no es Jesús de todas las patrias la más bella ?
¿Qué te importa el destierro, si posees a Dios… ?
Mas en Jerusalén una amarga tristeza,
como un inmenso océano, te anega el corazón :
tu Jesús, por tres días,se oculta a tu ternura ;
¡tu destierro es entonces del máximo rigor.

Cuando por fin lo encuentras, la alegría te esponja,
Y le dices al niño, que admira a los doctores :
« Hijo mío,¿ por qué te has comportado así ?
Tu padre y yo, angustiados, te hemos buscado insomnes ».
Y a su Madre querida que le tiende los brazos,
(¡oh, misterio insondable !), el Niño-Dios responde :
« ¿Y por qué me buscabais ? ¿Es que no lo sabíais ?
Las cosas de mi Padre son mis ocupaciones ».

Me enseña el Evangelio que, creciendo en sapiencia,
a José y a María Jesús sigue sumiso.
Mi corazón intuye con qué inmensa ternura
Él obedece siempre a sus padres queridos.
Ahora ya comprendo el misterio del templo,
las crípticas palabras del amable Rey mío.
Madre, tu dulce Hijo quiere que seas ejemplo
del alma que le busca de la fe en lo escondido.

Puesto que el Rey del cielo quiso ver su Madre
sumergida en la noche y en la angustia del alma,
María,¿es, pues, un bien sufrir en la tierra ?
Sí,¡sufrir aquí amando es la dicha más santa… !
Puede tomar de nuevo Jesús lo que me ha dado,
dile que no se enfade jamás conmigo en nada…
Si se quiere ocultar, me resigno a esperarle
hasta el día sin noche en que la fe se apaga…

Yo sé que en Nazaret, Madre llena de gracia,
viviste pobremente sin ambición de más.
¡Ni éxtasis, ni raptos, ni sonoros milagros
tu vida embellecieron, Reina del santoral… !
Muchos son en la tierra los pequeños y humildes :
sus ojos hacia ti pueden sin miedo alzar.
Madre, te place andar por la vía común,
para guiar a las almas al feliz Más Allá.

A la espera del cielo,¡oh, mi querida Madre !,
quiero vivir contigo, seguirte cada día,
y, en tanto te contemplo, yo me engolfo extasiada
y en tu corazón hallo de amor inmensas simas.
Tu mirada materna disipa mis temores
y me enseña a llorar y a gozar me adoctrina.
Y en vez de despreciar los goces puros, santos,
los quieres compartir, bendecirlos te dignas.

De los buenos esposos de Caná ves la angustia
que ocultar ya no pueden, pues carecen de vino.
A tu Hijo lo dices, cual solícita Madre,
esperando el socorro de su poder divino.
Él parece al principio rechazar tu demanda :
« ¡Oh, mujer,-te contesta-,¿qué nos va a ti y a mi ? »
Mas en su corazón El te llama su Madre
y su primer milagro se realiza por ti…

Los pobres pecadores escuchan la doctrina
de quien quisiera a todos en el cielo admitir ;
tú te encuentras con ellos, María , en la colina ;
alguien dice a tu Hijo que lo buscas allí ;
entonces tu divino Jesús ante las turbas
nos demuestra su amor a nosotros sin fin :
dice :"¿Quién es mi hermano, mi hermana, mi Madre ?
sino aquel que practica mi voluntad por Mí ?"

Virgen Inmaculada y Madre la más tierna,
oyendo eso a jesús, comprendes su ideal ;
No te apena, te alegra que nos haga entender
que nuestra alma se torna su familia aquí ya ;
Sí,¡te causa alegría que Él su vida nos done
y el tesoro infinito de su divinidad… !
¿Cómo no te he de amar, oh, mi Madre querida,
viendo en ti tanto amor y tan honda humildad ?

Tú nos amas María, como Jesús nos ama,
por nosotros aceptas verte alejada de Él.
Amar es darlo todo, darse incluso a sí mismo
tú quisiste probarlo, siendo nuestro sostén.
Sabía el Salvador de tu inmensa ternura,
tu corazón de Madre conocía muy bien ;
del pecador refugio, te nos dejó a nosotros
junto a la Cruz y al cielo a esperarnos se fue.

Tú me apareces, Virgen, en lo alto del Calvario,
de pie junto a la Cruz, cual preste ante el altar,
ofreciendo a Jesús, tu Hijo, el Emmanuel,
a fin de la justicia de su Padre aplacar…
Un profeta dijo, ¡oh, Madre desolada ! :
« ¡No hay dolor que se pueda al tuyo comparar ! »
¡Oh, Reina de los mártires !, ¡desterrada prodigas
por nosotros tu sangre, corazón maternal !

La casa de San Juan se hace tu único asilo,
de Zebedeo el hijo a Jesús reemplaza…
Es el postrer detalle que nos da el Evangelio ;
de la Reina del cielo ya nunca más se habla.
Mas este hondo silencio, ¡oh, mi Madre querida !,
¿no revela, quizás, que quiere el Verbo eterno
por sí mismo cantar de tu vida el misterio,
asombrando a tus hijos, los electos del cielo ?

Yo escucharé muy pronto esa dulce armonía,
iré muy pronto a verte en el hermoso cielo.
Pues viniste a sonreírme de mi vida en la aurora,
¡sonríeme en la tarde…, que ya va oscureciendo… !
No temo el resplandor de tu gloria suprema,
He sufrido contigo y ahora yo deseo
cantar en tus rodillas, María , por qué te amo,
¡y repetir por siempre que soy tu hija, quiero… !