Los esposos Martin : un camino a la santidad que transmite la fe

Conferencia del cardenal José Saraiva Martins

Alençon y Lisieux, 12-13 julio 2008
150 aniversario del matrimonio
de los Venerables esposos Luis y Celia Martin

Bodas de granito

Una gran emoción y una gracia de Dios es para mí estar hoy con vosotros es este lugar, en la iglesia de Nuestra Señora de Alençon, con su pórtico gótico flamígero que es una verdadera joya o, como decís vosotros, un verdadero punto de Alençon en piedra. Con razón se ha dicho que “si se quiere poner a Dios en el más bello lugar de la Iglesia, hay que ponerlo en el pórtico.”

Doy gracias por la delicada atención con la que he sido invitado, este 12 de julio, a rememorar con todos vosotros el 150 aniversario del matrimonio de los Venerables Siervos de Dios, Celia Guerin y Luis Martin. Matrimonio y vida, diría yo, realizados con una especial maestría por el verdadero Arquitecto de esta obra maestra magnífica :
los esposos Luis y Celia Martin son ”las piedras preciosas, vivas y esculpidas por el Espíritu Santo,” como un fino encaje de punto de Alençon, para la Iglesia de Dios de las diócesis de Sées y de Bayeux- Lisieux, donde vivieron y murieron.

Bodas de oro en Cristo, incluso tres veces de oro, se puede decir, puesto que duran desde hace 150 años. Vuestro obispo, Mons. Juan Claudio Boulanger, las ha llamado en la página Web de su diócesis “bodas de granito” y creo que es una expresión muy adecuada. Cuando se ven las casas del centro histórico de vuestra bella y célebre ciudad- que he podido admirar- encuentro completamente adecuada la imagen de granito para caracterizar la solidez, la sencillez del amor y la fe de los esposos Martin.

Permitidme recordar las palabras de un contemporáneo de su hija Teresita, Pablo Claudel (1868-1955) que, en el prólogo del “Anuncio hecho a María, escribió :” La piedra no puede escoger su lugar, el Maestro de obra es el que la escoge…La santidad no consiste en dejarse lapidar por los turcos, o en besar a un leproso en la boca, sino en cumplir el mandato de Dios con prontitud, bien permaneciendo en nuestro puesto, bien subiendo a uno más alto”.

Los Martin fueron santos escogidos por Dios para ser de aquellos santos comprometidos en la construcción de su Iglesia. En esto reside su santidad, justamente : en cumplir su voluntar allá donde Él nos coloque. Se trata de “ocupar nuestro lugar o de subir más alto”.

Dios es “Tres veces Santo”, Dios es el “Padre verdaderamente santo, fuente de toda santidad” que “santifica “los dones de los fieles “por la efusión de su Espíritu (1).

La santidad, toda santidad no es más que un reflejo de su gloria. La Iglesia, elevando a algunas personas al honor de los altares, quiere, en primer lugar, contar y proclamar la gloria y la misericordia de Dios. Al mismo tiempo, por su testimonio, ofrece a los creyentes un ejemplo a imitar y, por su intercesión, una ayuda a la que recurrir.

Precisamente, este 12 de julio de 1858, a las 22h, los Venerables Siervos de Dios, Celia Guerin y Luis Martin, contrajeron matrimonio civil. Dos horas más tarde, en la media noche, acogidos por el abate Hurel, un sacerdote amigo, franquearon el umbral de esta Iglesia parroquial para celebrar sus bodas en Cristo ; todo en la más estricta intimidad, rodeados de algunos parientes y amigos muy próximos. La noche de su boda recuerda la noche de Navidad y la de Pascua de Resurrección, la noche” única entre todas” que mereció conocer el momento y la hora del acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. Así comenzó su “Cantar de los Cantares”.

Una pareja apostólica

Teresita, ya carmelita, invitaba a su hermana Celina a expresar un canto de acción de gracias a Jesús, con ocasión de su toma de hábito :

“Alza tus ojos a la Patria Santa
y allí verás en tronos honoríficos
a los autores de tu inmensa dicha,
¡a tu padre y tu madre tan queridos… !” (PN 19)

Los Venerables Siervos de Dios, Luis y Celia Martin, que el Papa tendrá la alegría de elevar a los altares, fueron ante todo una pareja unida en Cristo, que vivió su misión en la transmisión de la fe con una pasión y con un raro sentido del deber. Vivieron un momento particular de la historia del siglo XIX, tan diferente al nuestro y, sin embargo, testimoniaron y se empeñaron, de una manera completamente natural, yo diría incluso psicológica, en lo que nosotros llamamos en la actualidad la evangelización.

Podemos definirlos, con toda justicia, como una “pareja apostólica,” como Priscila y Aquila : los esposos Luis y Celia Martin se comprometieron como pareja cristiana laica en el apostolado de evangelización y lo ejercieron, de manera seria y convencida, durante toda su existencia, tanto en el seno de su familia como fuera de ella.

El “don de si” es totalmente notable en la vida de “estos incomparables padres” (2) según la expresión misma de Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz. Pero la santidad de su vida, como su reputación de santidad, no se limita a su periodo conyugal. La habían iniciado antes. Su vida en común se desarrolla en la búsqueda de Dios, en la plegaria animada por el profundo deseo de realizar, sobre todo, su voluntad. Desde el principio, estuvieron orientados hacia la vida religiosa consagrada y fueron ayudados en su discernimiento.

No terminaríamos de ser edificados por los relatos de sus numerosos actos de caridad realizados en vuestras calles por los esposos Martin. Muchas personas de Alençon, miembros de la familia Martin y amigos fueron testigos directos del “don de sí mismos”. Como testigos declararon en los diferentes Procesos informativos, primero en la Causa de Teresita y más tarde en la suya, procesos que tuvieron como meta verificar los criterios de santidad en la Iglesia. En los testimonios recogidos en la causa de Teresa, numerosas personas hablaron de sus padres y de sus virtudes eminentemente cristianas.

Basta leer “Historia de un alma” y pasearse por las calles de vuestra ciudad para descubrir los lugares donde Luis y Celia crecieron, donde recibieron su formación humana y cristiana y donde trabajaron : calle San Blas : Celia como encajera (¡y qué encajera !) ; calle puente Nuevo : Luis como relojero-joyero. Aquí profundizaron su fe y su deseo de entregarse al Señor. Pero Dios tenía otros proyectos sobre ellos y, un día, en el puente San Leonardo, se cruzaron sus vidas, se conocieron y se amaron.

Después se casaron y fueron padres. Y, precisamente aquí, en esta Iglesia, Teresita, su última hija, fue bautizada. La pila bautismal es todavía la misma y representa el seno de la Iglesia, madre y educadora de santos, seno único que nos hace a todos hijos del único Padre, matriz única de santidad.

Era proverbial la capacidad de apertura y acogida de la familia Martín : no sólo su casa estaba abierta para acoger a todo el que llamaba a su puerta, sino que el corazón de estos esposos era cálido, generoso y dispuesto al “don de sí mismos”. Contrariamente al espíritu burgués de su tiempo y de su entorno, que escondía bajo un cierto decoro la religión del dinero y el menosprecio a los pobres, Luis y Celia, con sus cinco hijas, dedicaron buena parte de su tiempo y de su dinero a ayudar a aquellas personas que tenían necesidad.

En el proceso de sus padres, Celina Martin, en el Carmelo, Sor Genoveva, confirmó el amor de su padre y de su madre por los pobres :
“Si en el hogar reinaba la economía, todo era prodigalidad cuando se trataba de socorrer a los pobres. Se iba a su encuentro, se les buscaba y se les urgía a que entrasen en nuestra casa donde eran atendidos, vestidos y exhortados al bien. Yo veo aún a mi madre preocuparse por un pobre anciano. Tenía entonces siete años, pero me acuerdo como si fuese ayer. Estábamos de paseo en el campo cuando, en el camino, nos encontramos a un pobre anciano que parecía desgraciado. Mi madre envió a Teresita a llevarle una limosna. Pareció tan agradecido que mi madre habló con él. Le dijo que viniera con nosotros a casa. Le preparó una buena comida - estaba muerto de hambre - , le dio ropa y un par de zapatos…También le dijo que volviera a nuestra casa siempre que tuviese necesidad de alguna cosa.” (3)

Y, a propósito de su padre, añade :
“Mi padre se ocupaba de encontrarles un empleo según sus aptitudes, los llevaba al hospital cuando tenían necesidad o les procuraba una situación mejor. Así ayudó a una familia de la nobleza en apuros… En Lisieux, en los Buissonnets, todos los lunes, por la mañana, los pobres venían a pedirle limosna. Siempre se la daba o en víveres o en dinero, Y, muchas veces Teresita era la en cargada de dar las limosnas. Un día, mi padre había encontrado en la Iglesia un anciano que, por su aspecto, parecía muy pobre. . Lo llevó a casa. Le dio de comer y todo lo que necesitaba. Cuando se iba a marchar, mi padre le pidió que nos bendijera a Teresita y a mí. Éramos ya unas jovencitas y nos arrodillamos delante de él y nos bendijo. (4)

¡Estas cosas extraordinarias pasaron aquí mismo ! No estamos delante de una sencilla bondad, sino delante del amor por el pobre vivido de una manera heroica, según el espíritu del evangelio de Mateo (5). En casa de esta familia extraordinaria resplandeció esa santidad que siempre encontramos en la historia de la Iglesia.

La fama de santidad

Todos los Papas que se ocuparon de Teresita (San Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, el beato Juan XXIII, el Siervo de Dios Pablo VI- del papa Juan Pablo I hablaré pronto-y hasta el gran Juan Pablo II), todos pusieron de manifiesto el hermoso ejemplo de santidad de los esposos Martin, subrayando el vínculo, la relación de su santidad con la de su hija.

La santidad de estos esposos no se debe a la de su hija ; sino que es una verdadera santidad personal, querida y conquistada a través de un camino de obediencia a la voluntad de Dios, que quiere que todos sus hijos sean santos como Él es Santo. Se puede decir que Teresita fue la primera “postuladora” de la santidad de sus padres ; santidad en el verdadero sentido del término y esto no es una simple manera de hablar.

Teresita habla de su padre empleando varias veces palabras como ”santo”,”siervo de Dios”, “justo”.Admiró en sus padres no sólo su capacidad y fineza humana o su coraje en el trabajo, sino que señaló también su fe, su esperanza , su caridad y el ejercicio heroico de estas virtudes teologales. Subrayó todos los elementos que son objeto de examen en los procesos canónicos. Si pudiese, la recomendaría como postuladora.

La Iglesia se siente deudora con Luis y Celia. Ellos fueron verdaderos maestros y modelos de santidad para su hija Teresita, como afirma justamente Baltasar en la obra “Hermana en el Espíritu” (6) cuando escribe : “En lo sobrenatural, Teresa no realizó mas que lo que había vivido de manera natural. Quizá no tenía nada más íntimo y más irresistible que el amor de su padre y de su madre. Su idea de Dios estuvo determinada por su amor de hija a sus padres. Definitivamente, a Luis y a Celia Martin debemos la doctrina del “caminito,” la doctrina de “la infancia” porque de ellos aprendió Teresita del Niño Jesús que Dios es “más que una madre y un padre” (7)

Esta observación de Baltasar es de una capital importancia. Afirma claramente que la doctrina del “caminito” que ha hecho a Santa Teresita Doctora de la Iglesia en la Ciencia del amor a Dios, la debemos a la santidad y a la ejemplaridad de la vida de su padre y de su madre, Luis y Celia. La Iglesia, que se prepara hoy para beatificar a esta pareja, muestra que la santidad es posible, que todos podemos alcanzarla sea cual sea el estado de vida que hayamos abrazado. Podemos alcanzar una gran santidad.

¿No debería ser esto una realidad en cada hogar hoy en día ? ¿No está llamada la familia a transmitir a los hijos el misterio de que “Dios es más que un padre y una madre ?”¿No debe ser la familia una escuela de humanidad verdadera y un lugar donde se practique la santidad ? La familia siempre es un lugar privilegiado para forjar el carácter y la conciencia. He aquí la misión, el deber de todas las parejas, de la familia cristiana.

Bien mirado, la fama de santidad de estos esposos rebasa ya los límites de vuestra diócesis. Podríamos decir que hoy está presente en todo el mundo católico, como se desprende de la documentación abundante y detallada que no cesa de aumentar desde hace 80 años.

Este prodigio lo debemos ciertamente a Teresita. Si se lee “Historia de un alma,” cuya primera edición data de 1898 y que es, después de la Biblia, el libro más traducido a distintas lenguas, se comprende muy bien la inmensa resonancia que los esposos Martin han tenido en todo el mundo por este libro. No es exagerado decir que, después de la Sagrada Familia de Nazaret, la “santa familia Martin” ocupa un segundo lugar.

El Siervo de Dios, Juan Pablo I, cuando era patriarca de Venecia, (1969-1978) escribió en un libro muy conocido,”Ilustrísimos” :
Cuando supe que se había introducido la causa de beatificación de los padres de Santa Teresita del Niño Jesús, me dije :” Por fin, una causa de dos esposos. San Luis es santo sin su esposa Margarita. Mónica, sin su esposo Patricio ; en cambio, Celia Guerin será santa con Luis Martin, su esposo y con su hija Teresita.”

Ya en 1925, el cardenal Antonio Vico, enviado por Pío XI a Lisieux como Delegado para presidir las fiestas solemnes en honor de Santa Teresita del Niño Jesús, canonizada hacía poco, dijo a la M.. Inés de Jesús (Paulina, la segunda de las hijas Martin) :
“Ahora es preciso ocuparse del papá…Roma me encarga que se lo haga saber” (9). Si el asunto no fue iniciado de inmediato, se debió a la perplejidad evidente de M. Inés de Jesús.

Padres incomparables

Todos los que han leído, incluso rápidamente, “Historia de un alma”, han podido remarcar la personalidad humana y espiritual de estos padres que construyeron, con sabiduría, la atmósfera familiar en la que creció Santa Teresita. Y, después de esto, no pueden sino amar a estos “padres incomparables”.

La rica correspondencia de Celia es un testimonio de la manera en que la Sra. Martin siguió la formación humana, cristiana y espiritual de todos los miembros de su familia, en primer lugar la de su hermano Isidoro antes de su matrimonio, la de su cuñada Celina Fournet y la de sus propias hijas. No hay ni una carta en la que no manifieste la presencia de Dios, una presencia ni formal ni de conveniencia o de circunstancias, sino referencia constante en cada aspecto de la vida. Una correspondencia que testimonia una atención exquisita al bien de cada persona y a su crecimiento global. Crecimiento que es pleno y válido en la medida en la que no excluye a Dios de su horizonte.

Luis, su marido, fue menos hablador y no le gustaba escribir. Pero jamás dejó de dar testimonio públicamente de su fe y no le importó que se mofasen a él a causa de ella. En los encuentros con su mujer, en casa con sus cinco hijas, en la gestión de su relojería, con sus amigos, en la calle o en los viajes y en todas las circunstancias, para él “Dios era el primero al que había que servir.”

Desde el principio, los Martin fueron una familia misionera. Por aquel tiempo, surgió en Francia la Obra de la Propagación de la Fe de Paulina Jaricot (1799-1862) y comenzaron los movimientos misioneros del siglo XIX. Sabéis que los esposos Martin inscribieron a todas sus hijas en la obra de la Santa Infancia (se conserva aún la estampa-recuerdo de la inscripción de Teresita el 12 de enero de 1882) y que dieron ofrendas generosas para la construcción de nuevas iglesias en tierra de misión. Para Teresita, el hecho de participar desde tan joven en las actividades de la obra de la Santa Infancia, despertó y desarrolló su celo misionero. Los Martin fueron santos que engendraron a una Santa , fueron esposos misioneros que, no sólo participaron del impulso misionero de su tiempo, sino que educaron para la Iglesia a la Patrona Universal de las Misiones (1927)

Luis y Celia son santos no tanto por el método o los medios escogidos para participar en la evangelización (que son, evidentemente, los de la Iglesia y la sociedad de su tiempo), sino por el testimonio de la seriedad de su fe vivida en familia. Evangelizaron a sus hijos con el ejemplo de su vida de pareja, por la palabra y la enseñanza en el seno de su familia.

Recordemos lo que la misma Teresita escribió en “Historia de un alma” a propósito de la influencia que ejercían sobre ella su padre y su madre : “Todos los detalles de la enfermedad de nuestra querida madre siguen todavía vivos en mi corazón. Me acuerdo, sobre todo, de las últimas semanas que pasó en la tierra. Celina y yo vivíamos como dos pobres desterradas. Todas las mañanas, venía a buscarnos la señora de Leriche y pasábamos todo el día en su casa. Un día, no habíamos tenido tiempo de rezar nuestras oraciones antes de salir, y por el camino Celina me dijo muy bajito :”¿Tenemos que decirle que no hemos rezado ?”. “Si”- le respondí y entonces ella se lo dijo muy tímidamente a la señora de Leriche, que nos respondió :”Bien, hijitas, ahora las rezaréis”. Y, dejándonos solas en una habitación muy grande, se fue…Entonces, Celina me miró y dijimos :”¡Ay, no es como mamá… ! Ella nos hacía rezar todos los días.”(10)

Su padre “el rey de Francia y de Navarra” (11), como a Teresita le gustaba llamarle, ejercía una hermosa fascinación espiritual sobre ella. Su aspecto varonil le inspiraba veneración y respeto :”Y, ¿qué decir de las veladas de invierno, sobre todo de las de los domingos ? ¡Cómo me gustaba sentarme con Celina, después de la partida de damas, en el regazo de papá… ! Con su hermosa voz cantaba tonadas que me llenaban el alma de pensamientos profundos…, o bien meciéndonos dulcemente, recitaba poesías impregnadas de verdades eternas. Luego subíamos a rezar las oraciones en común y la reinecita se ponía solita junto a su rey, y no tenía más que mirarlo para saber cómo rezan los santos” (10)

La iniciación cristiana en la familia

Podemos definir al Manuscrito A como” el manuscrito de la iniciación familiar cristiana de Teresita.” Una iniciación llevada con la misma seriedad que el aprendizaje escolar. La fe, en casa de los Martin, es una fe viva y no una serie de normas que respetar. Teresita, siempre en el Manuscrito A (1895), agradece la preparación que tuvo para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana no sólo a sus padres, ya fallecidos (la mamá en1877 y el papá en 1894) sino también a sus hermanas mayores.

Quiero subrayar también, aquí, el papel especial, no sólo de los padres, sino también de las hermanas mayores y de toda la familia. Educados los padres en las enseñanzas de la Iglesia, transmitieron, a su vez, esta enseñanza a sus hijos. Lo hicieron tan extraordinariamente bien que merecieron, que la más ilustre de sus hijas , después de haber sido educada y formada por estos "incomparables padres”, sea hoy Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, proclamado Doctora por la Iglesia (1997). Ab ipsis docta docet ; La discípula es ahora la maestra

Este es el reto que la iglesia lanza hoy a todas las familias cristianas con la beatificación de los padres de Teresita.

Ellos no fueron sencillamente instrumentos que transmitieron la fe, como un acueducto que transporta agua, sino que el depositum fidei, el depósito de la fe lo transmitieron y enriquecieron con su experiencia personal de la misma, de la esperanza y de la caridad. No transmitieron la fe como algo tradicional, fragmentario, sino como algo vivo. La suya no fue una fe como la herencia que dejan los fallecidos y que se recibe después de la muerte ; no, por el bautismo injertaron a sus hijos en la corriente viva y vital de la Iglesia, no sustituyendo a la Iglesia, sino con la Iglesia, y en la Iglesia, con la que colaboraron en armonía perfecta.

También conviene observar que la santidad de esta pareja está de acuerdo con el concilio Vaticano y con la doctrina de otros Documentos de la Iglesia. Pienso, sobre todo, en la constitución pastoral Gaudium et Spes que, en su capítulo sobre la santidad del matrimonio y de la familia, (13) dice : “Cuando los padres van por delante con su ejemplo y oración familiar, los hijos e incluso cuantos conviven en la misma familia, encuentran más fácilmente el camino de la humanidad, de la salvación y de la santidad”.

¿Cómo no ver la cercanía de lo vivido por la familia Martin con lo que dice este texto ?

Y nos sorprende cuando pensamos en la distancia que existe entre nuestro tiempo y el suyo. Hace 150 años, el 12 de julio de 1858, en la Francia del segundo Imperio. Nosotros, hombres y mujeres del Tercer Milenio, podemos tener cierta dificultad en imaginar su vida cotidiana, sin electricidad, sin calefacción, sin radio, sin televisión, sin ninguno de los medios modernos de comunicación que caracterizan nuestra vida moderna. Pero nosotros, aquí y hoy, no juzgamos la santidad por la distancia que nos separa de su testimonio, no, la juzgamos por la manera en alcanzarla . Su santidad dista de nosotros en la forma, no en la sustancia, ni el contenido ni en la doctrina. Los Martin guardaron el buen vino hasta el final (Jn 2/10)

Incluso, a la luz de los documentos de la Iglesia, esta pareja puede ser propuesta como una familia comprometida en la educación de sus hijos. En su época, se trataba de una evangelización tomada, quizá más, del catecismo y de los mandamientos, la doctrina de la Iglesia era enseñada no solamente en la parroquia sino también en la familia, se aprendían de memoria las verdades de la fe. En todo esto la Iglesia seguía el método de enseñanza corriente en la época, en el cual la memoria jugaba un papel muy importante.

La familia Martin es una prueba- en su casa ,con sus hijos , con sus padres y sus criadas- del papel de la evangelización, no sólo como pareja : toda la familia tiene una misión y una tarea que cumplir.

PabloVI escribía en su encíclica Evangelii Nuntiandi (71) algo que vivió la familia Martin :
“En el seno del apostolado evangelizador de los laicos, es imposible no subrayar la acción evangelizadora de la familia. En distintos momentos de la historia, la familia ha sido llamada con el hermoso nombre de “Iglesia doméstica”, aceptado por el concilio Vaticano II.

Esto significa que en cada familia cristiana deben encontrarse los diversos aspectos de la Iglesia. La familia, como la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y difundido.

En el seno de una familia consciente de esta misión, todos sus miembros evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a sus hijos el Evangelio, sino que pueden recibir de ellos el mismo Evangelio profundamente vivido. Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del medio en el cual está insertada.”

La casa de la calle Puente nuevo, la de la calle San Blas y la de los Buissonnets, las tres fueron, a pesar de los diversas mudanzas, una “pequeña Iglesia doméstica” donde una vez más, los Martin estuvieron en armonía con nuestro tiempo.

La familia de Luis y Celia, fue para sus cinco hijas- cuatro hijos murieron cuando eran muy pequeños- el lugar privilegiado de la experiencia del amor y de la transmisión de la fe. En casa, en la intimidad del calor familiar, cada uno recibió y dio. En medio de las preocupaciones profesionales, los padres supieron comunicar las primeras enseñanzas de la fe a sus hijos desde la más tierna edad. Fueron los primeros maestros en la iniciación de sus hijos en la oración, en el amor y en el conocimiento de Dios, en rezar todos juntos y cada uno por separado, acompañándolos a misa y a visitar al Santísimo Sacramento ; les enseñaron a orar, no sólo diciéndoles que debían orar, sino transformando su casa en” : una escuela de oración”. Les enseñaron la importancia de permanecer con Jesús escuchando los Evangelios que nos hablan de Él. Además, la vida espiritual, cultivada desde la juventud, caso de Celia y Luis, se alimentaba en la fuente de la vida parroquial. Eran fieles lectores del Año litúrgico de Dom Guéranger, libro muy apreciado por Teresita que lo conoció precisamente en su casa.

Queridos hermanos y hermanas, Luis y Celia nos revelan una verdad sencilla, muy sencilla : la santidad cristiana es la vocación normal de cada bautizado. Luis y Celia nos dicen sencillamente que la santidad concierne lo mismo a la mujer, al marido, a los hijos, a las preocupaciones del trabajo e incluso a la sexualidad. La santidad no es ser un super hombre, es ser un hombre auténtico.

4 de abril 1957, Celina, en el Carmelo Sor Genoveva de la Santa Faz- en el proceso sobre la heroicidad de su padre habló de :
“la belleza de una vida conyugal vivida completamente sólo para Dios, sin ningún egoísmo ni repliego sobre sí mismo. Si el servidor de Dios deseaba tener muchos hijos, era para entregarlos a Dios sin reserva. Y todo esto en la sencillez de una existencia ordinaria, laboriosa, sembrada de pruebas, acogidas siempre con abandono y confianza en la divina Providencia”

Termino con las mismas palabras con las que concluye la declaración de las virtudes de Luis y Celia del 13 de octubre de 1987 :

“Tenemos delante una pareja y una familia que vivió y actuó en plena consonancia con el Evangelio, preocupada solamente por vivir cada instante del día el plan que Dios tenía dispuesto para ella. Interrogándolo y escuchándolo, no hizo otra cosa que perfeccionarse. Luis y Celia Martin no son sólo los protagonistas de gestos brillantes o de una magnitud apostólica particular, sino que vivieron la vida cotidiana de una familia iluminada siempre por lo divino y lo sobrenatural. Es este el aspecto central, de portada eclesial, ofrecido como modelo a todas las familias de hoy. Teniendo delante de nosotros el ejemplo de la familia Martin, podremos recibir alimento, fuerza y orientación para evitar el laicismo y la secularización moderna, para triunfar de las miserias y para ver el don del amor conyugal , el de la paternidad y de la maternidad como dones luminosos e inconmensurables de Dios”.

(1) Plegaria Eucarística II
(2) “La madre incomparable” (Manuscrito A, 4vº) y “el padre incomparable” (carta 91)
(3) Positio I P. 420, 603
(4) Positio I 56, p. 41 idem ?
(5) Mateo 25,31-46 particularmente el versículo 40 ”a mí me lo hacéis”.
(6) Hermanas en el espíritu, Teresita del Niño Jesús e Isabel de Dijon
(7) In Sumarium documentorum, XXVIII, Roma, 1987, p. 1042
(8) Illustrisimi es una obra publicada en enero de 1976, traducida al francés con el título de “Humblement vôtre” – Humildemente vuestro-(Nueva Ciudad, Paris, 1978) Se trata de una compilación de “cartas abiertas” escritas por Mons. Albino LUCIANI, Patriarca de Venecia, dos años y medio antes de ser elegido Papa con el nombre de Juan Pablo I. Están dirigidas a personajes históricos o de la mitología, a escritores italianos o extranjeros y hasta a Santos de la Iglesia.
(9) Cf. Sumarium Documentorum, op. cit. p. 1138
(10) Manuscrito A 12 rº
(11) Cf. Manuscrito A, 19 vº
(12) Manuscrito A, 18rº
(13) GS 48, 2ª parte, cap. 1, nº 48,3
(14) Proceso, vol II, sumario, p. 22,6